LA COMARCA DE CALATAYUD
1.
INTRODUCCIÓN
La ciudad de Calatayud organiza una extensa comarca. Como
los dedos de una mano se juntan en la cavidad de la palma, así fluyen
los ríos, descendiendo desde los páramos de la provincia de
Guadalajara o desde la alta meseta soriana, para entregar sus aguas al Jalón
en la amplia hoya donde se alza la ciudad.
En el corazón del Sistema Ibérico, los paisajes de la comarca
oscilan entre la dulzura de las vegas -fértiles, bien cultivadas,
cubiertas de árboles frutales- y la dureza de las parameras inhóspitas,
ventosas y frías donde crecen las sabinas. Entre ambos extremos se
extienden las viñas, los almendros y los olivos- formando franjas
en las partes bajas y medias de las laderas- y los campos de cereal y el
monte de carrascas, que cubren las partes altas.
En el roquedo predominan los yesos, con sus escarpes blanquecinos, en el
entorno de Calatayud y en el fondo de la depresión: señorean
con su claridad los paisajes bajos del Jiloca y del Perejiles. Las rocas
paleozoicas, ya sean blandas como las pizarras o duras como las cuarcitas,
abundan mucho: los tonos rojizos, pardos o metálicos de las pizarras
dan color a la hoya del Frasno y las cuarcitas dominan, con su dureza, las
cresterías de las sierras. Las arcillas ofrecen la tonalidad terrosa,
con todos los matices cálidos, que caracteriza buena parte de la
comarca, sobre todo en los límites con Soria y Guadalajara. Las calizas
ofrecen paisajes muy característicos: en ellos han labrado los ríos
los cañones y foces por donde discurren los viejos caminos que llevaban
a Castilla, los que fueron protegidos por castillos que ahora, ruinosos,
se alzan sobre el curso de los ríos que vienen de la Meseta.
Los pueblos son grandes y de caseríos muy apretados. Casi todos tenían
alrededor de mil habitantes hace medio siglo y ahora, aunque muy heridos
en su demografía por el éxodo rural, mantienen cascos urbanos
amplios, con planos casi siempre complejos que muestran la influencia musulmana
en su trazado. También la vieja herencia árabe se hace patente
en el arte mudéjar, del que la comarca ofrece una amplísima
colección de obras de arte entre las que se encuentran las que han
permitido caracterizar este estilo.
La vieja Comunidad de Aldeas de Calatayud se organizó, en sus inicios
medievales, por riberas, agrupando cada una de las riberas
a los pueblos situados en la cuenca de un río. Este criterio sigue
siendo útil ahora, tanto para describir el territorio como para organizar
los recorridos por la comarca.
2.
EL RELIEVE
Nos encontramos en la parte central del Sistema Ibérico.
Esta cordillera, la más extensa de España, actúa como
verdadera columna vertebral de casi todo el relieve peninsular: a su extremo
septentrional se acercan los Montes Vascos y al meridional las Cordilleras
Béticas; en su parte media entronca con el Sistema Central y cerca
de la costa mediterránea enlaza con las Cordilleras Catalanas.
El sector central del Sistema Ibérico, en el lado aragonés,
se extiende de noroeste a sureste entre dos de los puntos culminantes de
la Cordillera: Moncayo (2313 metros) y Javalambre (2020 metros). Por el
corazón de este sector aragonés del Sistema Ibérico,
y cerca de la cumbre más elevada, se extiende la comarca de Calatayud,
un territorio cruzado por sierras que dejan entre ellas depresiones y amplias
cubetas llanas donde se alzan las poblaciones principales.
Las sierras, en general, se alinean siguiendo la dirección noroeste-
sureste que caracteriza a todo el sistema. Las principales forman un arco
que cierra la comarca por el noreste: son la Sierra de la Virgen (1433 metros),
Algairén (1214 metros) y Vicor (1420 metros). En el centro de la
comarca hay otras sierras que la atraviesan con la misma dirección
ya indicada. Son de alturas un poco más moderadas y entre ellas destaca,
ya en el sur, la sierra de Pardos (1264 metros).
La litología- los tipos de rocas- del Sistema Ibérico presenta
una extraordinaria complejidad.
Entre los materiales de estas sierras predomina lo paleozoico. Son rocas
muy antiguas, sobre todo pizarras y cuarcitas. La cuarcita es una roca muy
dura. Son de este material los largos crestones de las sierras, que se elevan
frecuentemente sobre materiales más blandos, como las pizarras, erosionadas
con facilidad. Este mundo de rocas antiguas forma parte del viejo zócalo
cámbrico o precámbrico sobre el que se acumuló en la
era mesozoica una cobertera formada por rocas sedimentarias. La cobertera,
en la que predominan las rocas calizas, es muy abundante en Teruel, pero
aquí resulta escasa y discontinua. Se aprecia bien en Alhama donde
aparecen relieves en cuesta labrados sobre calizas plegadas.
Al escasear las rocas sedimentarias que formaron la cobertera mesozoica,
escasean también los relieves plegados que son los que resultan de
las presiones tectónicas ejercidas sobre rocas sedimentarias de carácter
plástico como las calizas. Dominan, en cambio, todo el relieve las
estructuras resultantes de las fracturas. Las cuarcitas ante las fuerzas
tectónicas reaccionan fracturándose en grandes bloques de
los cuales unos quedan hundidos en el fondo de fosas, que luego se rellenarán
con nuevos materiales, y otros quedan elevados formando las cresterías
de las sierras.
Las grandes fosas, formadas como consecuencia de las fracturas que quebraron
el zócalo en la Orogenia Alpina, se fueron rellenando más
tarde con materiales que dieron origen a nuevas rocas. De estas fosas la
más extensa es la de Calatayud, enlazada con la del Jiloca, que continúa
hacia Daroca. En las fosas o depresiones se formaron margas o arcillas rojizas
y yesos blancos o grises. Estos materiales, al nacer después de la
última orogenia, no han soportado presiones tectónicas que
los plegaran o quebraran, de modo que los relieves que presentan son de
tipo tabular y producidos como consecuencia de los procesos de erosión
y de transporte.
Algunas de las mayores poblaciones de la comarca, Calatayud entre ellas,
al emplazarse en las depresiones, se alzan sobre yesos o sobre arcillas,
es decir, sobre los materiales que rellenaron las fosas tectónicas
tras la última orogenia. Aún son más recientes los
materiales de las vegas fluviales donde los campos se extienden por terrazas
constituidas por depósitos aluviales cuaternarios.
Tanto la litología como el estilo estructural del relieve tienen
una influencia decisiva en los paisajes: constituyen de algún modo
su esencia porque determinan no sólo las formas de los montes y de
los valles sino también los colores y la calidad de los suelos, condicionando
además de forma muy importante la cobertera vegetal.
Los tonos oscuros de los roquedos de buena parte de las sierras de la comarca
han de relacionarse con las rocas paleozoicas, sobre todo con las pizarras.
Los cañones o desfiladeros por los que corren los ríos se
vinculan a las rocas calizas que disuelve el agua (Alhama, Embid de Ariza,
Calmarza) o a los bloques elevados de cuarcita que forman las sierras y
que fueron cortados en discordancia (con dirección perpendicular
al eje de las crestas) por el curso del río (Jalón entre Huérmeda
y Morata). Los suelos silíceos, de carácter ácido,
relacionados con sustratos de cuarcitas y de pizarras, favorecen la presencia
de los matorrales de jara y condicionan totalmente la existencia de alcornoques.
Y luego están los yesos, tan importantes en la comarca de Calatayud
a la hora de configurar paisajes de una peculiar personalidad relacionada
tanto con los colores claros como con la pobreza de la cubierta vegetal
e, incluso, con la antigua presencia de viviendas troglodíticas,
fáciles de excavar en esta roca blanda.
3.
LA VEGETACIÓN
El clima es duro y los suelos, salvo en las vegas fluviales,
pobres. En estas condiciones la vegetación natural ha de contar con
especies resistentes. El árbol más abundante es la carrasca
o encina. En las sierras hay manchas muy extensas de carrascal, aunque los
ejemplares son, en general, de escaso porte. El bosque fue muy castigado
durante siglos por el ganado, por el carboneo y para obtener leña.
En las últimas décadas, cuando estas actividades han cesado
o han menguado, se aprecia un creciente desarrollo forestal. Algunas de
las manchas mejores de carrascas se encuentran en la vertiente septentrional
de la sierra de Vicor, sobre el pueblo de Inoges; en Sierra de la Virgen,
al pie de la ermita; en la sierra de Algairén, frente a Tobed; en
la vertiente norte de la sierra Modorra, cerca de Codos y en la vertiente
meridional de los montes que atraviesa la carretera que enlaza Ariza con
Bordalba. Bajo las carrascas crecen las matas de gayuba y, en los suelos
ácidos, las jaras. Se ven carrascas muy hermosas, en formaciones
más adehesadas que de bosque cerrado, entre Cetina y Sisamón.
Además de la carrasca hay otros árboles del género
Quercus. Se encuentran en la comarca algunos de los escasos alcornoques
que crecen en Aragón. Pueden verse en la Sierra de la Virgen, sobre
todo en las proximidades de Viver de la Sierra.
El roble rebollo, que tienen esas características hojas cubiertas
de pilosidades cuando son jóvenes, se ve también en la sierra
de la Virgen y en la vertiente septentrional de los montes que cierran la
hoya de Bordalba por el sur. Cerca de los rebollos y las encinas aparecen
algunos quejigos.
Los pinares cubren zonas importantes en las vertientes de las sierras, pero
no alcanzan la extensión de los carrascales. Se encuentran aquí
cinco especies de pinos, abundando sobre todo el carrasco en las zonas bajas
y el negral y el laricio a media ladera. El silvestre, que crece en las
zonas más altas, es escaso. La pista que conduce a la ermita de la
Virgen de la Sierra atraviesa un buen pinar y hay otros en torno a Nuévalos.
Los bosques de ribera están bien desarrollados en las vegas donde
no han sido desplazados por los cultivos. Quizá los mejor conservados
se encuentran en las hoces del Jalón, entre Huérmeda y Embid,
sobre todo en las cercanías de la desembocadura del Ribota.
Los enebros y las sabinas, sin llegar a ocupar las vastas extensiones que
dominan en otros sectores de las Sierras Ibéricas, tienen en la comarca
un desarrollo notable. Aparecen un poco por todo pero sólo llegan
a dominar el paisaje vegetal en ciertos parajes de los montes que se alzan
sobre los páramos extremos. Hay buenos sabinares entre Cabolafuente
y Sisamón, especialmente en las proximidades de este último
pueblo.
En muchas zonas no hay árboles. Los yesos que dominan con su claridad
los paisajes centrales de las extensas hoyas o depresiones del Jalón
en torno a Calatayud, del Jiloca y del Perejiles, son poco amigos de los
árboles: sobre ellos sólo crecen matorrales resistentes de
especies muy características de estos paisajes de las depresiones
aragonesas. Pero no sólo sobre los yesos escasea la cobertura vegetal.
En ciertos páramos calcáreos y en vertientes arcillosas muy
erosionadas sólo las aliagas y el tomillo encuentran condiciones
para desarrollarse.
4.
LA AGRICULTURA
Marcial, el poeta bilbilitano que vivió tantos años
en Roma, añoraba desde la ciudad imperial donde se codeaba con los
más poderosos, las delicias dela vida rural a orillas del Jalón.
Al evocarla desde la lejanía pensaba en los montes y en la caza,
pero, sobre todo, en la dulzura de la vega bien cultivada. Ahora esta vega,
contemplada desde la misma ladera de Bílbilis que conoció
el poeta, sigue ofreciendo un paisaje espléndido de parcelas donde
las hortalizas y los árboles frutales crean una geometría
viva de extraordinaria armonía. La misma que ofrecen las riberas
de los ríos de la comarca: los manzanos, los melocotoneros, los perales
y otros frutales cubren también los campos regados que flanquean
el Jiloca, el Ribota, el Perejiles o el Manubles.
En estas vegas los regadíos son muy antiguos: los conoció
ya Marcial cuando Roma estaba en su apogeo y los mejoraron, siglos después,
los árabes. Las viejas huertas han ido mudando sus producciones y
en la actualidad las riberas regadas se destinan, sobre todo, a la producción
de fruta. En las dos últimas semanas de marzo, cuando florecen la
mayoría de los árboles, las vegas se convierten en un mosaico
de tonos efímeros que da gusto contemplar ascendiendo por las laderas.
Desde siempre, la vega del Jalón ha sido famosa por la calidad de
su fruta, entre la que destacaba la de Campiel, especialmente sus melocotones
y albaricoques. Aunque Marcial fue el primer apologista de su fruta, hay
que constatar que no era por amor a su tierra, sino por su calidad que ha
permanecido a lo largo del tiempo. En el siglo XVI hay constancia de que
se exportaba a Valencia y la Corte de Madrid.
Hace ahora dos siglos, uno de los cultivos más importantes de la
ribera del Jalón en Calatayud era el cáñamo, cuyos
antecedentes se remontan al menos hasta mediados del siglo XIV, y cuya cosecha
a finales del XVIII se estimaba en 80.000 arrobas. Su calidad hacía
que los cabos fabricados en Calatayud tuviesen una justa fama, por cuyo
motivo la Armada y la marina mercante en general, incluso de otros países,
se abastecían de los fabricados en dicha ciudad.
En las vertientes donde no llega el riego la geometría floral de
las parcelas crea paisajes espléndidos con sus colores mudables.
Los numerosos viajeros que recorren la autovía suelen quedar admirados,
si pasan a finales de invierno o en primavera, por la delicadeza de las
flores de los almendros y de los cerezos trepando por las oscuras laderas
de El Frasno o de Aluenda. Los almendros muestran el mismo esplendor efímero
de sus flores, abiertas en pleno febrero, en el entorno de Alarba, en las
laderas que vierten sus aguas al río Grío y, en general, por
toda la comarca. Cerca de Inoges y de Santa Cruz de Grío, sobre suelos
pizarrosos, el espejeo de los cantos- como pétalos de azabache- bajo
la blancura delicada y casi transparente de las flores de los almendros
crea juegos de luz inolvidables.
En el secano también abundan las vides. Hay muchas en torno a Castejón
de Alarba, cerca de Aniñón y en casi toda la Comunidad de
Calatayud. Los vinos de la comarca, que cuentan con denominación
de origen, gozan de la buena fama de todos los caldos del piedemonte ibérico,
donde el clima y los suelos ofrecen excelentes condiciones para la viticultura.
No nos extenderemos más sobre este asunto, ya que existe un capítulo
de esta guía dedicado al vino.
Hay extensas franjas de olivar en las laderas, por encima de las vides y
de los almendros o conviviendo con ellos. Trepan por las vertientes de los
valles, dominando las vegas fluviales hasta media ladera, sin llegar a alcanzar
las partes altas de las sierras o los páramos. En torno a Sediles
crece un olivar excelente y también entre Tobed y Codos los olivos
caracterizan el paisaje de la falda de la montaña.
El cereal, además de aparecer mezclado con los cultivos ya citados,
domina las altiplanicies o las suaves ondulaciones de las tierras que enlazan
la comarca con los páramos meseteños de Guadalajara y de Soria.
En ocasiones, como sucede en torno a Campillo o Abanto, el cereal es el
dueño absoluto del paisaje, pero a veces, los campos están
moteados por encinas o por sabinas. Así sucede entre Cetina y Sisamón,
especialmente en las proximidades de Cabolafuente, donde las manchas oscuras
de las carrascas, destacando sobre el trigo o la cebada en la suavidad de
las laderas, componen escenarios muy armoniosos.
